miércoles, 17 de septiembre de 2008

Las bases del preacuerdo

Abajo, el preacuerdo entre gobierno y oposición. Ja! Un preacuerdo que dice que se va a hablar de IDH y nueva constitución (reelección). ¿Acaso alguien aún no sabía cuales eras los temas de negociación y diálogo?

Aún no creo que hayamos tocado fondo. Me parece que más es para que ambos lados muestren que no son unos masacradores.

La Paz, 17 Sep (Erbol).- El presidente Evo Morales convocó a los prefectos a iniciar este miércoles, en horas de la tarde, el diálogo nacional en la ciudad de Cochabamba, cuya reunión debía iniciarse recién mañana según lo acordado entre el gobierno y la oposición.

El Primer Mandatario de la Nación lanzó la convocatoria para las 17.00 horas argumentando que no hay necesidad de perder más tiempo y que el diálogo debe comenzar lo más antes posibles para encontrar una salida democrática a la crisis política y social que afronta el país.
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Morales se mostró desafiante en su convocatoria, al asegurar que algunos prefectos como el de Tarija, Mario Cossío, aprovecha estos momentos de coyuntura para tratar de manipular o mentir algunas “verdades”.

El gobernante se mostró molesto por una solicitada de prensa del preacuerdo, publicada hoy, en la que se muestra sólo la firma del bloque prefectural y no del gobierno.

El diálogo comenzará con la instalación de tres mesas de trabajo para tratar los temas de fondo, es decir, el mejoramiento de los ingresos del Impuesto Directo a los Hidrocarburos, autonomías y la nueva Constitución Política del Estado (CPE); además de la elección de autoridades, que se denominó pacto institucional.

El preacuerdo también señala que el diálogo contará con la mediación de la Iglesia Católica, Unión de Naciones Sudamericanas (Unasur), la Organización de Estados Americanos (OEA) y la Organización de Naciones Unidas.

TEXTO DEL ACUERDO PARA INSTALAR EL DIÁLOGO NACIONAL

Luego de dos sesiones preliminares de trabajo, destinadas a diseñar un proceso de diálogo para resolver la crisis política y social que agobia a los bolivianos, se ACUERDA:

1. Aprobar las siguientes Bases para iniciar el proceso de Diálogo y avanzar hacia un Acuerdo Nacional:

a) El proceso de Diálogo abordará la siguiente Agenda:

• IDH- Regalías. Tema en el cual el Gobierno nacional, CONFORME A LEYES VIGENTES, RECONOCE EL DERECHO DE LOS DEPARTAMENTOS AL IDH, DEBIENDO GARANTIZARCE EL PAGO DE LA RENTA DIGNIDAD Y SU SOSTENIBILIDAD CON LAS DISTINTAS FUENTES DE FINANCIAMIENTO ESTABLECIDAS, EN BASE A MECANISMOS A SER ACORDADOS; y reitera su respeto a la actual distribución de regalías a los Departamentos productores.

• Autonomía-Estatutos y Nueva Constitución Política del Estado (CPE).
• Pacto institucional:
- Designaciones congresales.
- Padrón Electoral, programa de carnetización y registro civil.
- Procesos electorales.

b) Los temas objeto de la Agenda del Diálogo serán desarrollados en 3 Mesas de Trabajo y en una mesa central que tendrá la función de aprobar los acuerdos.

c) El proceso de Diálogo contará con EL ACOMPAÑAMIENTO DE FACILITADORES Y TESTIGOS.

(¿Se acuerda invitar como tales a la Iglesia Católica, a la Unión Europea, al Grupo de Países Amigos (Brasil, Argentina y Colombia), OEA y Naciones Unidas?).

d) Al inicio del proceso se aprobará una Metodología y el Cronograma, que incluirá la definición de los actores que se involucrarán con el mismo y la vocería del proceso.

e) Se establecerá sedes de trabajo para las mesas de diálogo.

2. Acuerdo inicial de Pacificación del país.

a) Las partes acuerdan continuar con los esfuerzos para restablecer plenamente la convivencia pacífica entre los bolivianos y tomar acciones para frenar de manera inmediata la violencia en todo el territorio nacional.

b) Suspender la consideración de la Convocatoria a Referéndum Constitucional, en el Congreso Nacional, hasta que concluya el diálogo.

c) Esclarecer los hechos luctuosos ocurridos en el departamento de Pando, a través de organismos nacionales e internacionales imparciales y una comisión congresal.

3. El proceso de Diálogo se iniciará de manera oficial el día jueves 18 de septiembre de 2008 en la ciudad de Cochabamba que contará con la presencia de facilitadores y testigos. Concluirá en la ciudad de Tarija.

jueves, 21 de agosto de 2008

La gobernabilidad del capitalismo periférico y los desafíos de la izquierda revolucionaria

Por Néstor Kohan
Crisis orgánica y revolución pasiva: el enemigo toma la iniciativa

Desde Marx y Engels hasta Lenin, Trotsky y Mao, desde Mariátegui, Mella, Recabarren y Ponce hasta el Che Guevara y Fidel, gran parte de las reflexiones de los marxistas sobre la lucha de clases han girado en torno a la necesidad de asumir la iniciativa política por parte de los trabajadores y el pueblo.

Pero ¿qué sucede cuando la iniciativa la toman nuestros enemigos? ¿Qué hacer cuando los segmentos más lúcidos de la burguesía intentan resolver la crisis orgánica de hegemonía, legitimidad política y gobernabilidad apelando a discursos y simbología "progresistas", poniéndose a la cabeza de los cambios para desarmar, dividir, neutralizar y finalmente cooptar o demonizar a los sectores populares más intransigentes y radicales?

Para pensar esos momentos difíciles, tan llenos de matices, Gramsci elaboró una categoría: la "revolución pasiva". La tomó prestada de historiadores italianos, pero le otorgó otro significado.

La revolución pasiva es para Gramsci una "revolución-restauración", o sea una transformación desde arriba por la cual los poderosos modifican lentamente las relaciones de fuerza para neutralizar a sus enemigos de abajo.

Mediante la revolución pasiva los segmentos políticamente más lúcidos de la clase dominante y dirigente intentan meterse "en el bolsillo" (la expresión es de Gramsci) a sus adversarios y opositores políticos incorporando parte de sus reclamos, pero despojados de toda radicalidad y todo peligro revolucionario. Las demandas populares se resignifican y terminan trituradas en la maquinaria de la dominación.

¿Cómo enfrentar esa iniciativa? ¿De qué manera podemos descentrar esa estrategia burguesa?

Resulta relativamente fácil identificar a nuestros enemigos cuando ellos adoptan un programa político de choque o represión a cara descubierta. Pero el asunto se complica notablemente cuando los sectores de poder intentan neutralizar al campo popular apelando discursivamente a una simbología "progresista". En esos momentos, navegar en el tormentoso océano de la lucha de clases se vuelve más complejo y delicado...

Dentro de ese conglomerado de olas y mareas políticas que se entrecruzan, no todo aparece tan nítidamente diferenciado ni delimitado como pudiera suponerse. En la actual coyuntura política latinoamericana verificamos, por ejemplo, una notable diferencia entre Cuba, Venezuela y posiblemente Bolivia (en este caso particular no tanto por las moderadas posiciones políticas de su presidente sino más que todo por los poderosos movimientos sociales que tiene por detrás), por un lado; con Chile, Argentina y Uruguay, por el otro.

Si Cuba y Venezuela encabezan la rebeldía contra el imperio, el segundo bloque de naciones —ubicado en el cono sur de nuestra América— expresa más bien cierto aggiornamiento del modelo neoliberal. En este sentido, aunque cada sociedad particular tiene sus propios desafíos, existen problemáticas generales que bien valdría la pena repensar, eludiendo los cantos de sirena embriagadores —por ahora hegemónicos— que hoy pretenden reactualizar las viejas ilusiones reformistas que padecimos hace tres décadas atrás y que tanta sangre, tragedia y dolor nos costaron. En el caso de Argentina, Chile y Uruguay ya no se trata hoy en día del añejo y deshilachado "tránsito pacífico" al socialismo sino, incluso, de una propuesta muchísimo más modesta: la reforma del capitalismo neoliberal en aras de un supuesto "capitalismo nacional" (en la jerga de Kirchner) o "capitalismo a la uruguaya" (para Uruguay) y así de seguido. Hasta el tímido socialismo del "tránsito pacífico" se diluye y el horizonte se estrecha con los vanos intentos por endulzar al capitalismo y volverlo menos cruel y salvaje...

En esta situación compleja, en el cono sur latinoamericano asistimos a un difícil desafío: pensar desde el marxismo revolucionario no en la inminencia del asalto al poder o de ofensiva abierta de los sectores populares, sino en aquellos momentos del proceso de la lucha de clases donde el enemigo pretende mantener y perpetuar el neoliberalismo de manera sutil y encubierta. No lo pretende hacer de cualquier manera. Paradójicamente, las clases dominantes intentan resolver su crisis orgánica, garantizar la gobernabilidad y mantener sus jugosos negocios enarbolando nuestras propias banderas (oportunamente resignificadas). Resulta más sencillo enfrentar y golpear a un enemigo frontal que intenta aplastarnos enarbolando banderas neoliberales y fascistas (el caso emblemático de Pinochet en Chile y Videla o Menem en Argentina es arquetípico). Pero deviene extremadamente complejo responder políticamente cuando el neoliberalismo se disfraza de "progre", continúa beneficiando al gran capital en nombre de "la democracia", los "derechos humanos", la "sociedad civil", el "respeto por la diversidad", etc., etc., etc.

Estos procesos y mecanismos de dominación política utilizados en la actualidad por las clases dominantes del cono sur latinoamericano y sus amos imperiales se asientan en una prolongada y extensa tradición previa.

No han surgido por arte de magia. Sólo constituyen un "enigma irresoluble" si, como tantas veces nos sugirió el posmodernismo, hacemos abstracción de nuestra historia nacional y continental.

La revolución pasiva en la historia de América latina

Durante el siglo XIX, a lo largo de la conformación histórica de los estados-naciones latinoamericanos, se entabló una singular relación entre Estado y sociedad civil. A diferencia de algunos esquemas mecánicos y simplistas, supuestamente "marxistas" [1], en América latina la relación entre sociedad civil y Estado ha sido en gran medida diferente al proceso de las sociedades europeas [2].

Entre nosotros, en no pocas oportunidades, el Estado no fue un producto posterior que venía a reforzar una realidad previamente constituida sobre sus propias bases sino que, por el contrario, contribuyó de manera activa a conformar sociedad civil. No puede explicarse, por ejemplo, la inserción subordinada y dependiente de las formaciones sociales latinoamericanas en el mercado mundial durante el siglo XIX si se desconoce la mediación estatal. No puede comprenderse el proceso genocida de los pueblos originarios de nuestra América, el robo, la expropiación de sus tierras y la incorporación de la producción agrícola o minera al mercado mundial si se prescinde del accionar estatal. No puede entenderse la conformación de las grandes unidades productivas, como las plantaciones, las minas, las haciendas, que combinaban la explotación forzada de fuerza de trabajo con una producción de valores de cambio destinados a ser intercambiados y vendidos en el mercado mundial capitalista, si se deja de lado el rol activo jugado por el Estado. Ese protagonismo central no tuvo lugar únicamente en la llamada acumulación originaria del capital latinoamericano. Posteriormente, cuando el capitalismo y el mercado ya funcionaban en América Latina sin andadores ni muletas, el Estado siguió jugando un rol decisivo.

Entre las muchas instituciones que conforman el entramado estatal hubo una institución en particular que ocupó este rol central: el Ejército (entendido en sentido amplio, como sinónimo de Fuerzas Armadas) [3]. Junto con la represión feroz de numerosos sujetos sociales —pueblos indígenas y negros, gauchos, llaneros, etc— reacios a incorporarse como mansa y domesticada fuerza de trabajo, los ejércitos latinoamericanos también ocuparon, gerenciaron y realizaron tareas estrictamente económicas.

Ese rol privilegiado y muchas veces preponderante en América Latina no sólo fue central a lo largo de todo el siglo XIX. En el siglo XX el bonapartismo militar [4] ocupó el rol activo que no jugaron ni podían jugar las débiles, impotentes y raquíticas burguesías autóctonas latinoamericanas (injustamente denominadas "burguesías nacionales" por sus apologistas). Ante la ausencia de proyectos sólidos, pujantes y auténticamente nacionales, las burguesías latinoamericanas perdieron su escasa y delgada autonomía, si es que alguna vez la tuvieron [5], y terminaron jugando el rol sumiso de socias menores y subsidiarias de los grandes capitales. Sólo podían disfrutar del solcito del mercado interno y del mercado mundial a condición de acomodarse con la cabeza gacha y el sombrero entre las manos en los lugares secundarios y los espacios semivacíos que les dejaban los capitales multinacionales. Es por eso que gran parte de las industrializaciones latinoamericanas del siglo XX fueron en realidad seudoindustrializaciones, ya que no modificaron la estructura previa heredada por las burguesías agrarias del siglo XIX [6].

Hoy en día resulta a todas luces errónea y fuera de foco la falsa imagen y la ilusoria dicotomía —construida artificialmente desde relatos encubridores y apologistas— que enfrentaría a "burguesías nacionales, democráticas, industrialistas, antiimperialistas y modernizadoras" versus "oligarquías terratenientes, tradicionalistas, autoritarias y vendepatrias". Nuestra historia real, repleta de golpes de estado, masacres y genocidios planificados, ha seguido un derrotero notablemente diverso al que postulaban los cómodos "esquemas clásicos" y los complacientes "tipos ideales" construidos a imagen y semejanza de las principales formaciones sociales europeas. La historia latinoamericana desobedeció a la lógica europea; la lucha de clases empírica no se dejó atrapar por el esquema ideal; el desarrollo desigual, articulado y combinado de múltiples dominaciones sociales desoyó los consejos políticos etapistas que aconsejaban apoyar a una u otra fracción burguesa ("burguesía democrática" la llamó el reformismo stalinista, "burguesía nacional" la denominó el populismo) contra el supuesto enemigo oligárquico. En América Latina las burguesías nacieron oligárquicas y las oligarquías fueron aburguesándose mientras se modernizaban. Las modernizaciones no vinieron desde abajo sino desde arriba. No fueron democráticas ni plebeyas, sino oligárquicas y autoritarias. No fueron producto de "revoluciones burguesas antifeudales" —como rezaban ciertos manuales— sino de revoluciones-restauradoras, revoluciones pasivas encabezadas e impulsadas por las oligarquías aburguesadas.

Fueron las propias oligarquías, a través del aparato de Estado y en particular de las fuerzas armadas, las que emprendieron —a sangre, tortura y fuego— el camino de modernizar su inserción siempre subordinada en el mercado mundial capitalista [7]. El liberalismo latinoamericano no fue, como en la Francia de los siglos XVII y XVIII, progresista sino autoritario y represivo. En nuestras patrias despanzurradas a golpes de bayoneta y destrozadas a picana y palazos, jamás existió modernización económica sin represión política.

Las burguesías locales fueron históricamente débiles para independizar nuestras naciones del imperialismo pero al mismo tiempo fueron lo suficientemente fuertes como para neutralizar e impedir los procesos de lucha social radical de las clases populares.

Las sangrientas dictaduras latinoamericanas —cuyas consecuencias nefastas seguimos padeciendo hasta nuestro presente— que asolaron nuestro continente durante las décadas de los años ’70 y ’80 no fueron, en consecuencia, un rayo inesperado en el cielo claro de un mediodía de verano. No constituyeron una "anomalía", una excepción a la regla, el interregno entre dos momentos de normalidad y paz. Fueron más bien la regla de nuestros capitalismos periféricos, dependientes y subordinados a la lógica del sistema capitalista mundial.

Nuevos tiempos de luchas y nuevas formas de dominación durante la "transición a la democracia"

Agotadas las antiguas formas políticas dictatoriales mediante las cuales el gran capital —internacional y local— ejerció su dominación y logró remodelar las sociedades latinoamericanas inaugurando a escala mundial el neoliberalismo [8] nuestros países asistieron a lo que se denominó, de modo igualmente apologético e injustificado, "transiciones a la democracia".

Ya llevamos casi veinte años, aproximadamente, de "transición". ¿No será hora de hacer un balance crítico? ¿Podemos hoy seguir repitiendo alegremente que las formas republicanas y parlamentarias de ejercer la dominación social son "transiciones a la democracia"? ¿Hasta cuando vamos a continuar tragando sin masticar esos relatos académicos nacidos al calor de las becas de la socialdemocracia alemana y los subsidios de las fundaciones norteamericanas?

En nuestra opinión, y sin ánimo de catequizar ni evangelizar a nadie, la puesta en funcionamiento de formas y rituales parlamentarios dista largamente de parecerse aunque sea mínimamente a una democracia auténtica. Resulta casi ocioso insistir con algo obvio: en nuestros países latinoamericanos hoy siguen dominando los mismos sectores sociales de antaño, los de gruesos billetes y abultadas cuentas bancarias. Ha mutado la imagen, ha cambiado la puesta en escena, se ha transformado el discurso, pero no se ha modificado el sistema económico, social y político de dominación. Incluso se ha perfeccionado [9].

Estas nuevas formas de dominación política —principalmente parlamentarias— nacieron producto de la lucha de clases. En nuestra opinión no fueron un regalo gracioso de su gran majestad, el mercado y el capital (como sostiene cierta hipótesis que termina presuponiendo, inconscientemente, la pasividad total del pueblo), pero lamentablemente tampoco fueron únicamente fruto de la conquista popular y del "avance democrático de la sociedad civil" que lentamente se va empoderando de los mecanismos de decisión política marchando hacia un porvenir luminoso (como presuponen ciertas corrientes que terminan cediendo al fetichismo parlamentario). En realidad, los regímenes políticos postdictadura, en Argentina, en Chile, en Uruguay y en el resto del cono sur latinoamericano, fueron producto de una compleja y desigual combinación de las luchas populares y de masas —en cuya estela alcanza su cenit la pueblada argentina de diciembre de 2001— con la respuesta táctica del imperialismo que necesitaba sacrificar momentáneamente algún peón militar de la época neolítica para reacomodar los hilos de la red de dominación, cambiando algo para que nada cambie.

Con discurso "progre" o sin él, la misión estratégica que el capital transnacional y sus socias más estrechas, las burguesías locales, le asignaron a los gobiernos "progresistas" de la región —desde el Frente Amplio uruguayo y el PJ del argentino Kirchner hasta la concertación de Bachelet en Chile— consiste en lograr el retorno a la "normalidad" del capitalismo latinoamericano. Se trata de resolver la crisis orgánica reconstruyendo el consenso y la credibilidad de las instituciones burguesas para garantizar EL ORDEN. Es decir: la continuidad del capitalismo. Lo que está en juego es la crisis de la hegemonía burguesa en la región, amenazada por las rebeliones y puebladas —como la de Argentina o Bolivia— y su eventual recuperación.

Desde nuestra perspectiva, y a pesar de las esperanzas populares, la manipulación de las banderas sociales, el bastardeo de los símbolos de izquierda y la resignificación de las identidades progresistas tienen actualmente como finalidad frenar la rebeldía y encauzar institucionalmente la indisciplina social. Mediante este mecanismo de aggiornamiento supuestamente "progre" las burguesías del cono sur latinoamericano intentan recomponer su hegemonía política. Se pretende volver a legitimar las instituciones del sistema capitalista, fuertemente devaluadas y desprestigiadas por una crisis de representación política que hacía años no vivía nuestro continente. Los equipos políticos de las clases dominantes locales y el imperialismo se esfuerzan de este modo, sumamente sutil e inteligente, en continuar aislando a la revolución cubana (a la que se saluda, pero... como algo exótico y caribeño), conjurar el ejemplo insolente de la Venezuela bolivariana (a la que se sonríe pero... siempre desde lejos), seguir demonizando a la insurgencia colombiana y congelar de raíz el proceso abierto en Bolivia.

Los desafíos de la izquierda latinoamericana antiimperialista y anticapitalista frente a su propia historia

¿Cómo enfrentar entonces ese aggiornamiento de las formas políticas de dominación, ese intento gatopardista por cambiar algo para que el ORDEN siga igual y nada cambie de fondo?

Descartada la visión ingenua de un optimismo eufórico que postula en el terreno de las consignas agitativas un peligroso y falso triunfalismo —calificando como "avance revolucionario" a los gobiernos de Tabaré Vázquez, Kirchner o Bachelet—, debemos hacer el esfuerzo por comprender nuestros desafíos políticos a partir de nuestra propia historia y nuestras propias necesidades [10]. Así lo hizo Fidel cuando encabezó la revolución cubana, así lo hace Chávez en Venezuela. Así lo hicieron los sandinistas, los salvadoreños y los tupamaros en sus épocas fundacionales (cuando eran radicales y estaban contra el sistema), así lo hacen las FARC y el ELN en Colombia, al igual que los zapatistas en Chiapas. En el cono sur latinoamericano se nos impone encontrar nuestra propia perspectiva estratégica y nuestro rumbo político a partir de nuestra propia historia. ¡Debemos estudiar y tomar en serio a la historia!

Eso implica estar alertas frente a cualquier manipulación oportunista. Es cierto que todo relato histórico presupone construir genealogías en el pasado para defender y legitimar políticas hacia el futuro. Pero todo tiene un límite. No se puede ir al pasado, "meter mano", poner y sacar a gusto y piacere según las oportunidades del caso...

Por ejemplo, en la Argentina, no se puede poner en las banderas y en los carteles las imágenes de Santucho y del Che Guevara y luego, como por arte de magia, borrar esos símbolos para reemplazarlos por la foto de Juan Domingo Perón. Y luego, si cambian las alianzas políticas del momento, archivar rápidamente a Perón y volver a poner a Santucho o a quien convenga en esa ocasión. Siempre con la misma sonrisa cínica. ¡Como si todo fuera lo mismo! Eso es poco serio. Eso es hacer manipulación vulgar de la historia en función del presente inmediato. Así no se construye una identidad política de masas que logre aglutinar a la juventud rebelde y a la clase trabajadora combativa en función de un proyecto de emancipación radical. Los cubanos designan a esas maniobras como vulgar "politiquería". Lenin las denominaba "oportunismo". En cada uno de los países de nuestra América hay un término para hacer referencia a lo mismo.

La historia debe ser nuestra fuente genuina de inspiración, no un cómodo salvoconducto oportunista.

Formación política, hegemonía socialista e internacionalismo

No sólo debemos inspirarnos en la historia. En la actual fase de la correlación de clases —signada por la acumulación de fuerzas— necesitamos generalizar la formación política de la militancia de base. No sólo de los cuadros dirigentes sino de toda la militancia popular. Se torna imperioso combatir el clientelismo y la práctica de los "punteros" (negociantes de la política mediante las prebendas del poder), solidificando y sedimentando una fuerte cultura política en la base militante, que apunte a la hegemonía socialista sobre todo el movimiento popular. No habrá transformación social radical al margen del movimiento de masas. Nos parecen ilusorias y fantasmagóricas las ensoñaciones posmodernas y posestructuralistas que nos invitan irresponsablemente a "cambiar el mundo sin tomar el poder". No se pueden lograr cambios de fondo sin confrontar con las instituciones centrales del aparato de Estado. Debemos apuntar a conformar, estratégicamente y a largo plazo —estamos pensando en términos de varios años y no de dos meses— organizaciones guevaristas de combate.

¿Por qué organizaciones? Porque el culto ciego a la espontaneidad de las masas constituye un espejismo muy simpático pero ineficaz. Todo el movimiento popular que sucedió a la explosión del 19 y 20 de diciembre de 2001 en Argentina diluyó su energía y terminó siendo fagocitado por la ausencia de organización y de continuidad en el tiempo (organización popular no equivale a sumatoria de sellos partidarios que tienen como meta máxima la participación en cada contienda electoral).

¿Por qué guevaristas? Porque en nuestra historia latinoamericana el guevarismo constituye la expresión del pensamiento más radical de Marx y Lenin y de todo el acervo revolucionario mundial, descifrado a partir de nuestra propia realidad y nuestros propios pueblos. El guevarismo se apropia de lo mejor que produjeron los bolcheviques, los chinos, los vietnamitas, las luchas anticolonialistas del África, la juventud estudiantil y trabajadora europea, el movimiento negro norteamericano y todas las rebeldías palpitadas en varios continentes. El guevarismo no es calco ni es copia, constituye una apropiación de la propia historia del marxismo latinoamericano, cuyo fundador es, sin ninguna duda, José Carlos Mariátegui. Guevara no es una remera. Su búsqueda política, teórica, filosófica constituye una permanente invitación a repensar el marxismo radical desde América Latina y el Tercer Mundo. No se lo puede reducir a tres consignas y dos frases hechas. Aun tenemos pendiente un estudio colectivo serio y una apropiación crítica del pensamiento marxista del Che entre nuestra militancia [11].

¿Por qué de combate? Porque tarde o temprano nos toparemos con la fuerza bestial del aparato de Estado y su ejercicio permanente de fuerza material. Así nos lo enseña toda nuestra historia. Insistimos: ¡hay que tomarse en serio la historia! Pretender eludir esa confrontación puede resultar muy simpático para ganar una beca o seducir al público lector en un gran monopolio de la (in)comunicación. Pero la historia de nuestra América nos demuestra, con una carga de dramatismo tremenda, que no habrá revoluciones de verdad sin el combate antiimperialista y anticapitalista. Debemos prepararnos a largo plazo para esa confrontación. No es una tarea de dos días sino de varios años. Debemos dar la batalla ideológica para legitimar en el seno de nuestro pueblo la violencia plebeya, popular, obrera y anticapitalista; la justa violencia de abajo frente a la injusta violencia de arriba.

Pero al identificar el combate como un camino estratégico debemos aprender de los errores del pasado, eludiendo la tentación militarista. Las nuevas organizaciones guevaristas deberán estar estrechamente vinculadas a los movimientos sociales. No se puede hablar "desde afuera" al movimiento de masas. Las organizaciones que encabecen la lucha y marquen un camino estratégico, más allá del día a día, deberán ser al mismo tiempo "causa y efecto" de los movimientos de masas. No sólo hablar y enseñar sino también escuchar y aprender. ¡Y escuchar atentamente y con el oído bien abierto! La verdad de la revolución socialista no es propiedad de ningún sello, se construirá en el diálogo colectivo entre las organizaciones radicales y los movimientos sociales. Las vanguardias —perdón por utilizar este término tan desprestigiado en los centros académicos del sistema— que deberemos construir serán vanguardias de masas, no de elite.

Si durante la lucha ideológica de los ’90 —en los tiempos del auge neoliberal— nos vimos obligados a batallar en la defensa de Marx, remando contra la corriente hegemónica, en la década que se abre en el 2000, Marx solo ya no alcanza. Ahora debemos ir por más, dar un paso más e instalar en la agenda de nuestra juventud a Lenin y al Che (y a todas y todos sus continuadores). Reinstalar al Che entre nuestra militancia implica recuperar la mística revolucionaria de lucha extrainstitucional que nutrió a la generación latinoamericana de los ’60 y los ’70.

Tenemos pendiente pensar y ejercer la política más allá de las instituciones, sin ceder al falso "horizontalismo" —cuyos partidarios gritan "¡que no dirija nadie!" porque en realidad quieren dirigir ellos— ni quedar entrampados en el reformismo y el chantaje institucional. Nada mejor entonces que combinar el espíritu de ofensiva de Guevara con la inteligencia y lucidez de Gramsci para comprender y enfrentar el gatopardismo. Saber salir de la política de secta, asumir la ofensiva ideológica y al mismo tiempo ser lo suficientemente lúcidos como para enfrentar el transformismo político de las clases dominantes que enarbolan banderas "progresistas" para dominarnos mejor.

Como San Martín, Artigas, Bolívar, Sucre, Manuel Rodríguez, Juana Azurduy y José Martí, como Guevara, Fidel, Santucho, Sendic, Miguel Enríquez, Inti Peredo, Carlos Fonseca y Marighella, debemos unir nuestros esfuerzos y voluntades colectivas a largo plazo en una perspectiva internacionalista y continental. En la época de la globalización imperialista no es viable ni posible ni realista ni deseable un "capitalismo nacional".

No podemos seguir permitiendo que la militancia abnegada —presente en diversas experiencias reformistas del cono sur— se transforme en "base de maniobra" o elemento de presión y negociación para el aggiornamiento de las burguesías latinoamericanas. Los sueños, las esperanzas, los sufrimientos, los sacrificios y toda la energía rebelde de nuestros pueblos latinoamericanos no pueden seguir siendo expropiados. Nos merecemos algo más que un miserable "capitalismo con rostro humano" y una mugrienta modernización de la dominación.


Notas:

[1] Estos esquemas simplistas fueron extraídos principalmente de: (a) los estudios de orden filosófico de la década de 1840, críticos de la Filosofía de derecho de Hegel, donde Marx le reprochaba a su maestro subordinar la sociedad civil al Estado; y de (b) los análisis sociológicos de la década de 1850 donde Marx analizó la sociedad francesa y el fenómeno político bonapartista.

[2] Véase el inteligente estudio de Carlos Nelson Coutinho sobre Gramsci en América Latina y particularmente sobre la revolución pasiva en Brasil "As categorías de Gramsci e a realidade brasileira". En C.N.Coutinho: Gramsci. Um estudo sobre seu pensamento político. Rio de Janeiro, Civilização Brasileira, 1999. También pueden consultarse con provecho los trabajos de Florestan Fernandez sobre la revolución burguesa, recopilados por Octavio Ianni: Florestan Fernandes: sociología crítica e militante. São Paulo, Expressão Popular, 2004. Juan Carlos Portantiero había adelantado algunas inteligentes reflexiones en este sentido en su archicitado ensayo "Los usos de Gramsci" [1975] (Buenos Aires, Grijalbo, 1999), pero a diferencia de los dos autores anteriores, Portantiero terminó convirtiendo a Gramsci en un comodín socialdemócrata bastardeado hasta límites inimaginables.

[3] Véase nuestro trabajo "Los verdugos latinoamericanos: las Fuerzas Armadas de la contrainsurgencia a la globalización", ensayo incorporado en nuestro: Pensar a contramano. Las armas de la crítica y la crítica de las armas. Buenos Aires, Editorial Nuestra América, 2006.

[4] Adoptamos esta categoría de Mario Roberto Santucho: Poder burgués, poder revolucionario [1974]. En Daniel De Santis [compilador]: A vencer o morir. PRT-ERP Documentos. Bs.As., EUDEBA, 1998 (tomo I) y 2000 (Tomo II).

[5] Véase el testamento político del Che, cuando afirma: "Por otra parte las burguesías autóctonas han perdido toda su capacidad de oposición al imperialismo -si alguna vez la tuvieron- y sólo forman su furgón de cola. No hay más cambios que hacer; o revolución socialista o caricatura de revolución". "Mensaje a los pueblos del mundo a través de la Tricontinental" (ediciones varias).

[6] Véase el capítulo "Expansión industrial, imperialismo y burguesía nacional" del libro de Silvio Frondizi: La realidad argentina. Ensayo de interpretación sociológica (en dos tomos, Tomo I: 1955 y Tomo II: 1956); Víctor Testa [seudónimo de Milcíades Peña]: "Industrialización, seudoindustrialización y desarrollo combinado". En Fichas de investigación económica y social, Año I, N°1, abril de 1964. p.33-44. Este artículo fue recopilado póstumamente en Milcíades Peña: Industrialización y clases sociales en la Argentina. Bs.As., Hyspamérica, 1986. p.65 y ss.; y finalmente nuestro ensayo: "¿Foquismo?: A propósito de Mario Roberto Santucho y el pensamiento político de la tradición guevarista". En Ernesto Che Guevara: El sujeto y el poder. Buenos Aires, Nuestra América, 2005.

[7] Tratando de pensar la conformación social de la dominación burguesa en Argentina y América Latina de una manera diferente (tanto frente al reformismo stalinista como frente al populismo nacionalista), el viejo dirigente comunista Ernesto Giudici —quien en 1973 propuso la herética unidad del comunismo con las organizaciones político-militares PRT-ERP y Montoneros— arriesgó una hipótesis más que sugerente. Siempre decía que hay que pensar la historia latinoamericana a partir de su propia cronología histórica, sin violentarla para que entre en el lecho de Procusto de cronologías diversas. Hecha esta salvedad, Giudici consideraba pertinente una analogía con las formaciones sociales europeas; ya no con Francia —modelo de El 18 Brumario de Luis Bonaparte— ni con Inglaterra— arquetipo empírico que está en la base de El Capital—, sino con el prusianismo alemán. La formación histórica del capitalismo en Argentina, por ejemplo, se asemejaba mucho más a la atrasada Prusia que a las modernas Francia o Inglaterra. Como en Prusia, la burguesía argentina vivía haciendo pactos y compromisos con los propietarios terratenientes, utilizando al ejército como fuerza social privilegiada en política y reprimiendo toda vida cultural autónoma. La hipótesis analógica del "prusianismo" cumplía en los razonamientos de Giudici un rol mucho más abarcador que el "camino prusiano en la agricultura" del que hablaba Lenin, por contraposición a la modernización de la agricultura capitalista de los farmers norteamericanos. Véase "Herejes y ortodoxos en el comunismo argentino", en nuestro De Ingenieros al Che. Ensayos sobre el marxismo argentino y latinoamericano. Buenos Aires, Biblos, 2000 [hay reedición cubana ampliada, 2006].

[8] Es bien conocido el análisis del historiador británico Perry Anderson (a quien nadie puede acusar de provincianismo intelectual o de chauvinismo latinoamericanista), quien sostiene que el primer experimento neoliberal a nivel mundial ha sido, precisamente, el de Chile. Incluso varios años antes que los de Margaret Thatcher o Ronald Reagan. No por periféricas ni dependientes las burguesías latinoamericanas han quedado en un segundo plano en la escena de la dominación social. Incluso en algunos momentos se han adelantado a sus socias mayores, y han inaugurado —con el puño sangriento de Pinochet en lo político y de la mano para nada "invisible" de Milton Friedman en lo económico—, un nuevo modelo de acumulación de capital de alcance mundial: el neoliberalismo.

[9] Recordemos que para Marx la república burguesa parlamentaria —que él nunca homologaba con "democracia"— constituía la forma más eficaz de dominación política. Marx la consideraba superior a las dictaduras militares o a la monarquía porque en la república parlamentaria la dominación se vuelve anónima, impersonal y termina licuando los intereses segmentarios de los diversos grupos y fracciones del capital, instaurando un promedio de la dominación general de la clase capitalista, mientras que en la dictadura y en la monarquía es siempre un sector burgués particular el que detenta el mando, volviendo más frágil, visible y vulnerable el ejercicio del poder político.

[10] En ese sentido sería conveniente no confundir las necesidades diplomáticas coyunturales de determinados Estados —a los que defendemos de la agresividad imperialista y con los cuales nos solidarizamos activamente—, con las necesidades políticas del movimiento popular en nuestros países del cono sur latinoamericano. Aunque luchamos por los mismos fines antiimperialistas y socialistas, no siempre lo que le conviene a los Estados amigos es lo que le conviene a los movimientos sociales y populares de nuestros países.

Reflexionemos sobre un ejemplo histórico concreto: la Revolución Cubana sufre un embargo criminal de EEUU desde su mismo desafío al coloso del norte. Prácticamente todos los Estados del continente, siguiendo la presión yanqui, rompieron relaciones con Cuba a inicios de los ‘60. Uno de los pocos que no lo hizo fue México. Durante décadas, en México gobernaba el PRI, partido burgués, corrupto y autoritario si los hay (surgido del congelamiento de la revolución mexicana). El PRI mantenía "hacia afuera" una política de no confrontación con Cuba, lo cual resulta muy útil diplomáticamente para frenar a EEUU. En lo interno reprimía al movimiento obrero, compraba dirigentes, dividía las organizaciones populares, masacraba estudiantes, hacía desaparecer indígenas, etc. A fines de los ’60 en México surgen organizaciones guerrilleras que son masacradas. Años más tarde, surge el EZLN contra el PRI. ¿Cuba rompe amarras contra el Estado mexicano? No, no lo puede hacer. Necesita mantener relaciones diplomáticas con el Estado mexicano para eludir el bloqueo yanqui, lo cual resulta plenamente comprensible. ¿Entonces? ¿Qué debe hacer el movimiento popular en México? ¿Apelar a la autoridad moral de Cuba para apoyar al PRI? La respuesta negativa es más que obvia (no obstante existieron corrientes que así lo hicieron durante años. La vertiente de Lombardo Toledano —de nefasta memoria— apoyaba al PRI con retórica de "izquierda", apoyaba las represiones del gobierno como "progresistas", incluida la masacre de Tlatelolco, etc, etc). Sobre estas dificultades objetivas que el internacionalismo militante no puede desconocer, véase nuestro diálogo-entrevista (realizado junto con el compañero Luciano Álzaga) al presidente de la Asamblea Popular de la república de Cuba Ricardo Alarcón. En http://www.lahaine.org/index.php?p=14057 y http://www.rebelion.org/noticia.php?id=30096

[11] Apuntando en esa dirección y hacia esa tradición política, hemos querido contribuir con un pequeñísimo granito de arena a través de nuestro Ernesto Che Guevara: El sujeto y el poder y con diversas experiencias de formación política en varias cátedras Che Guevara, dentro y fuera de la universidad, tanto en movimientos de derechos humanos, en el movimiento estudiantil como en escuelas del movimiento piquetero

lunes, 30 de junio de 2008

La irrefutable prueba de la existencia de la nación boliviana (versión preliminar)

Juan Luis Ledezma Vargas

La nación boliviana no existe. Las siguientes líneas pretenden exponer de manera breve los argumentos que demuestran que esa afirmación es falsa y que por consecuencia la nación boliviana existe y, al igual que todas las naciones del mundo en mayor o menor grado, está comprometida en un proceso de reconfiguración permanente.

Básicamente existen dos acepciones de nación, una política y otra étnico/cultural. El concepto de nación política se desarrolló en las revoluciones americana y francesa, y se refiere al conjunto de ciudadanos de cuya soberanía colectiva surge el Estado, que es su expresión política. Este concepto, además, ligaba la nación al territorio, pero no había una conexión lógica entre el cuerpo de ciudadanos de un Estado territorial y la identificación de una nación sobre bases étnicas o lingüísticas. Lo que caracterizaba a ese concepto era el hecho de que representaba el interés común frente al privilegio, siendo las diferencias étnicas totalmente secundarias (Eric Hobsbawm). El otro significado de nación se desarrollará con fuerza en el siglo XIX. Se trata del concepto de lo que se ha llamado nación cultural y que se articulará teóricamente sobre todo en Alemania. Se refiere a la singularidad cultural de una colectividad, el "espíritu del pueblo", donde la nación se constituye en el criterio legítimo para delimitar las organizaciones políticas, entre otras razones, porque se cree indispensable el disfrute de un Estado propio como garantía de lo que pasa a convertirse en el valor superior de la colectividad: “la personalidad diferenciada del pueblo”. El protagonista en este nuevo concepto de nación, es la etnia (Andrés de BIas).

Las dos acepciones de nación son útiles para entender su dualidad en los sistemas políticos del presente. El concepto de nación política ha estado en la base de los procesos de legitimación de los sistemas democráticos y el concepto de nación cultural constituye un elemento central de los nacionalismos étnicos (ej. Pais Vasco). Ambos aparecen mezclados en numerosas ocasiones ya que el concepto de nación política también asume en muchos casos elementos de la nación cultural.

Para entender la realidad boliviana (y cualquier otra) es preciso diferenciar el concepto nación de otro muy relacionado a él: identidad.

La identidad está en la base de toda asociación de personas. En todo grupo humano se genera una identidad que no debe ser confundida con el concepto de nación. Las identidades son de distinto origen: familiares, étnicas, religiosas, nacionales, regionales, locales, políticas, culturales, sexuales y una larga lista. Manuel Castells define tres tipos de identidades: a) la identidad de legitimación, es aquella que ha triunfado en algún momento de la historia y en torno a la cual se han construido las instituciones de la sociedad, viene de arriba hacia abajo, b) la identidad de resistencia, observada en actores que se encuentran en situaciones de desventaja y muchas veces de sobajamiento, c) la identidad proyecto, que es la que se construye cuando los actores sociales elaboran un sentido del ser a partir de los elementos culturales que tienen a su alcance. Generalmente la identidad como proyecto también tiene elementos de las otras dos, pero es algo más, es como Castells lo dice: un proyecto, y un proyecto siempre implica dedicación y trabajo.

Las sociedades se están reconstruyendo permanentemente con elementos del pasado, del presente y también del futuro, no son estáticas. Si bien en este proceso puede encontrarse un elemento permanete, que tiene que ver con los recuerdos de situaciones pasadas (políticas, culturales, etc.), también se encuentra un elemento de cambio, de asimilación de las cosas que llegan del entorno. Las identidades son construcciones sociales, donde distintos actores intervienen para definirlas. El hecho es que no todos los actores tienen la misma influencia en esa configuración de la identidad.

En las regiones de Bolivia la construcción de la identidad a sido dirigida por los actores con mayor capacidad de influencia en ambitos políticos, económicos y sociales (principalmente: medios de comunicación privados y estatales, asociaciones empresariales, cívicas, sindicales, autoridades indígenas). Estos actores, gracias a esa capacidad de influencia, han sido los que han definido el elemento constante de la identidad predominante en su respectiva región –es decir el elemento condicionado por las experiencias pasadas como comunidad, su historia, sus tradiones en música, cosina, forma de hablar, etc.– el cual utilizaron como filtro de los elementos que llegaban “de afuera”, para así asegurar una identidad que les permita ser reconocidos como un grupo cultural diferenciado, dentro de Bolivia, pero con valores, normas y códigos de conducta propios de su región o de su cultura indígena originaria; y cuanto más arraigada está una identidad, más fuerza tiene en la decisión individual de sentirse parte de esa identidad. Y cuando quienes sientan una identidad no la vean reflejada en las instituciones, todo se pone en cuestión. Eso ha pasado con las personas que toda su vida han visto al Estado como algo ajeno a su identidad indígena, y pasa con las personas que ven con recelo una transformación del Estado que no respete su identidad predominantemente occidental.

En Bolivia co-existen identidades de direfente origen y tipo, pero la identidad nacional boliviana que triunfó en un momento histórico conocido (1825) y que formó el Estado boliviano, es a pesar de su origen criollo-mestizo, la identidad predominante en Bolivia gracias a su desarrollo histórico (revolución del 52, participación popular en 1994, elección de un presidente indígena el 2005) en un proceso gradual de integración -aún en construcción- de actores marginados de ese momeno histórico (indígenas) y actores nuevos (migraciónes). Esto se hace evidente cuando se ve los resultados de las encuestas (a pesar de la diversidad 94% de los bolivianos se siente, en alguna medida, boliviano. PNUD, idh 2007) y cuando se analiza el discurso de los líderes regionales e indígenas y las propuestas autonómicas, que hacen incapié en su deseo de mayor autonomía, sin que ello signifique dejar de ser parte de Bolivia.

Por lo anotado se concluye que la nación boliviana existe, está respaldada por una identidad nacional predominante y relacionada jurídicamente a los habitantes del territorio donde ha formado su expresión política (Estado). La prueba, estimado ciudadano: su cédula de identidad.

Junio 2008.

martes, 17 de junio de 2008

La razón práctica y su limitación en Bolivia

Las líneas que siguen se han escrito a partir de la motivación que ha despertado la lectura del articulo “La razón absoluta y su objetivación en Bolivia” de Mario Blacutt Mendoza. Aquella, una secuencia clara de ideas sintéticas que inducen a una abstracción que aleja de toda comprensión de los hechos reales. Ahora, sigue, no una iluminación excepcional, sólo, algunas reseñas necesarias para evadir agravantes en la confusión ya existente en el debate sobre lo nacional.
Aclaremos y recordemos, primero, el significado y contenido de la categoría hegeliana de “Espíritu Absoluto”. Una categoría que resulta de un sistema filosófico que interpreta la historia como un proceso de evolución cíclica, dialéctica, en el que se define el destino de las formas sociales y subjetivas de los hombres. En esta historia evolutiva se llega a la cúspide, al momento más elevado, cuando el “Espíritu Absoluto” se encuentra a sí mismo en el Estado. Cuando el espíritu se objetiva en el Estado. Se hablaría pues del fin de la historia, del punto más avanzado y evolucionado de la historia. Desde la visión idealista de Hegel se llegará a este momento porque "una voluntad divina rige poderosa el mundo" y tiene "un fin universal". En términos más coloquiales diríamos que el Estado es dirigido por Dios para lograr su forma perfecta. Así, al leerse “la nación boliviana consolidad autonómica es la objetivación el Espíritu Absoluto”, se esta leyendo que el Estado Boliviano Autonómico es el que Dios ha buscado. Se dice que el Estado ha alcanzado su forma perfecta, que se habría llegado a una suerte de edad de oro para la sociedad. Se nos esta diciendo que los estatutos autonómicos son la expresión de una razón que ha logrado encontrarse a si misma, una suerte de texto divino inspirado por el Espíritu Absoluto para instaurar un Estado omnipotente. "El Estado, las leyes y las instituciones son suyas; suyos son los derechos, la propiedad exterior sobre la naturaleza, el suelo, las montañas, el aire y las aguas, esto es, la comarca, la patria.” No podemos dudar de una razón humana que ha logrado su más alta expresión encontrando a Dios. ¡Alegrémonos, sucedió en Santa Cruz!
Algo similar fue propuesto por los indigenistas y seguidores del MAS, hace algunos meses, aunque sin sofisticación intelectual, cuando anunciaron el advenimiento del Pachakuti. La reconstitución del mundo andino como retorno al tiempo original.
Entonces, según las afirmaciones de Blacutt, con las autonomías la razón se ha encontrado a sí misma, lo que supone que toda contradicción ha quedado resuelta. ¿Es posible que alguien crea que es este el significado de la autonomía en Bolivia? Acaso, además de las contradicciones regionales, que no expresan más que intereses de fracciones sociales y grupos políticos, no existen contradicciones vitales que literalmente quiebran el cuerpo de los bolivianos. Niños en la calle o en la fábrica, madres sin asistencia y todos los ejemplos que se podrían lograr con una caminata de media hora por las calles de cualquier ciudad boliviana. Una caminata que valdría la realizar aunque para ello tengamos que alejarnos de aquellos barrios en lo que alguien podría estar leyendo a Hegel.
¿Es eso lo que se quiso decir? Si no es así, creo pertinente el sugerir que no se manipulen los conceptos hegelianos sin necesidad. Al menos sin otra necesidad aparente que la desatada por la vanidad.
Si bien es cierto que se puede encontrar en los textos de Hegel algunos elementos que dan lugar a un absolutismo, esto debería entenderse, más bien, como una postura de inamobilidad frente al estado monárquico alemán, considerado como punto cúspide del desarrollo histórico del Estado. Cuando Hegel dijo que el Estado Alemán era la expresión del Espíritu Absoluto buscaba respaldar la forma monárquica unitaria de un Estado Alemán que recién se estaba consolidando. Así, no hay por que buscar en sus conceptos, y menos en el de Espíritu Absoluto, una fundamentación del centralismo o la descentralización.
Por otra parte, combinar una lectura postmoderna de la historia con las categorías hegelianas es arbitrario. Debería reconocerse, que el Espíritu Absoluto, si se quiere hablar de él, es el que guía la historia y el que la dirige hacia su objetivación. Se trata, pues, de un concepto que no se entiende en un marco de distintas historias. Es, entonces, importante desarrollar y utilizar el concepto en su adecuado contexto.
Además del artículo de referencia, es posible encontrar un enmarañado de argumentos y conceptos que se pierden uno al otro en un intento por buscar nuevas explicaciones. Una pugna intelectual en la que lo más rebuscado y exótico gana. Acaso estas discusiones, al final, no hacen otra cosa más que justificar a un conflicto que no es otra cosa que la pugna por la administración de los recursos del Estado. ¿El conflicto no ha surgido en torno a los recursos por IDH, a las atribuciones y presupuestos? ¿Alguien ha escuchado de temas interculturales, de cosmovisión o espirituales ocupando posiciones centrales en las mesas de diálogo y discusión?
Al fin, es más fácil acercar la mirada. Es más fácil lograr la comprensión que brinda el seguimiento de los hechos que buscar la luz en lo recóndito de un pensamiento que no hemos llegado a comprender y que aún así levantamos. No se negará con ello la importancia y consistencia que algunos marcos teóricos pueden brindar en cuanto se los siga con seriedad.

Diego Giacoman A.

lunes, 2 de junio de 2008

Un momento fuera de la granja. J. J. Anaya Giorgis

Camino bordeando un muro viejo de ladrillo, es una cuadra larga, por lo que miro resignado las manchas de humedad que las lluvias formaron durante décadas de olvido. Para mi sorpresa, de pronto me doy cuenta que una de ellas oscila como las ondas de un estanque y, antes de que pueda darme cuenta lo que pasa, comienzan a salir hombrecillos por el hoyo que con gestos me invitan a pasar.

¡Cielos!, una dimensión paralela, no lo pienso e ingreso por el hoyo. Es mejor que no cuente todo lo que vi, porque difícilmente lo creerían, floridos prados, árboles cargados con frutas olorosas y aún más en jovencitas hermosas como vinieron al mundo… y eso era solo el principio de la maravilla. Entonces, la radio se encendió sola, está programada para hacerlo todos los días a las 7:00 a.m. Me resisto a obedecerla, todavía quiero seguir un poco más en la otra dimensión, pero ponen de nuevo aquel espantoso comercial que te habla sobre la belleza de la vida en las pequeñas cosas y rematan con un coro diciendo ¡pura vida!¡estamos contra las drogas!, así que no tengo más remedio que levantarme de un salto y la apago justo antes de esa última parte.

Debería existir un término para nombrar tanta estupidez, me digo a mí mismo mientras voy a la ducha, ojala se abriera una grieta y se tragase la estupidez de la tierra, aunque tenga que llevarse consigo a media humanidad. No reflexiono más, tengo prisa, hoy quiero llegar temprano al trabajo, prender las luces.

Tomo un taxi, cruza la ciudad medio vacía, da vuelta por la estación de tren y, para mi sorpresa, aparece el muro del sueño, alto le digo al conductor, y me bajo buscando manchas de humedad, todo figura igual, menos por los duendes. No importa, no existen los milagros, la cuadra está poblada de frondosos árboles, no se de cual especie, tampoco importa, los pájaros trinan en las copas y sopla fresca la brisa, se oye el rumor del viento entre las hojas, cierro los ojos un instante y nada más escucho.

Primera entrada

Estas líneas propuestas por Juan Luis, pueden dar las primeras pautas.

1. Este puede ser el canal para publicar nuestras opiniones y si tenemos algún trabajo más eleborado, también podríamos publicarlo. Lo importante es tener el espacio para hacerlo.

2. Los documentos que tengan la categoria de articulo, según su propio autor, podrán ser comentados libremente, por todos sus lectores. Esto supone que cada uno de nosotros puede abrir líneas de discusión en función a un articulos presentado y publicado.

3. Si uno no tiene tiempo para escribir articulos, puede simplemente dar su opinión sobre articulos de otros en el formato de comentario.